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Un poco menos de drama

LA IMAGEN de una hilera doble de árboles flanqueando un río, siguiendo su curso por el medio de un campo, describiendo suaves eses como en un dibujo, no solo me parece bella, sino serena, llena de equilibrio y de calma. Está muy bien pensada. Me encantaría que desde la ventana de mi habitación se viese algo así

A MÍ LA NATURALEZA me gusta mucho. De lo que en ningún caso debe deducirse que sea aficionado al trekking, el rafting o el descenso de barrancos. En absoluto. De hecho, ni siquiera me gusta andar. Como mucho, paseo. A mí, cuando voy al monte o a la orilla del mar, lo que me apetece es llegar a un sitio bonito y sentarme a mirar. Me parece, además, una de las mejores maneras de pensar. Por eso, supongo, en las ocasiones en que he estado preocupado, cuando he tenido problemas de verdad, he caminado mucho, siempre por la ciudad y mirando al suelo más de lo normal. Tal vez lo hago precisamente para contener el pensamiento, para no dejar que se desboque.

Conozco a un hombre que pasea mucho así, siempre solo. Es inteligente y culto, y sé que buena persona, pero ha tenido mala suerte. Como tantos otros, pero en su caso de un modo muy chocante, porque todos sus obstáculos estaban dentro de él. Y ahora vive y pasea solo, y se le nota, porque está deseando hablar. Tiene opiniones sobre casi todo; y magníficas opiniones, además. Es sin duda alguien que merece la pena. Pero hay algo que le sobra, o que le falta.

La gente más interesante suele ser poco corriente, hasta el punto de resultar, a veces, rara. Al menos en aquello que los hace dignos de interés. No son como los demás, porque si lo fuesen lo serían en todo. Así que hay que aceptarles alguna otra rareza como parte del pack, como un precio a pagar. Compensa. Pero esa cara atípica, excepcional, original, sensible, consciente, lúcida, a menudo crítica y radical debe contar con otra complementaria, más convencional, más transigente o tolerante o conformista, que la normalice, que le permita convivir. Es necesario tener una parte más presentable, que nos valga para nuestras relaciones habituales, fácilmente integrable en la vida ordinaria, en la cotidianeidad de la comunidad: una cara social. Una faceta más relajada y, si es posible, capaz de reírse de aquella otra extraordinaria. Dejar, a ratos, la épica por la picaresca. Para así hacernos tratables y darnos esa dosis de frivolidad, de humor y supongo que de humildad que nos permite abandonar la tragedia y el drama vital.

Conviene no tomarnos a nosotros mismos demasiado en serio, para mantener la cordura. Y para mantener una cantidad aceptable de amigos también cuerdos, imagino.

Cuando eso no ocurre, cuando nos falta esa versión más sencilla y amoldable, menos extrema y exigente, capaz de adaptarse el mínimo que los demás necesitan, la sociedad nos lo pone difícil. Y la sociedad no es un ente abstracto, sino un conocido que acelera el paso por la calle y hace que mira el móvil, los compañeros de oficina que nunca llaman o una novia que se cansó de serlo. Y entonces paseamos siempre solos. Porque ese modo ‘dilema existencial’ continuo, esa trascendencia sin pausa, cansan. Es lo que ahora se llama ser un intenso.

Cuando veo una hilera doble de árboles siguiendo el trazado de un río me dan ganas de ir a sentarme apoyado en el tronco de, por ejemplo, un abedul, a ver el agua pasar. Y de vez en cuando mirar para atrás y sorprenderme del contraste entre el frescor de la orilla y la llanura abierta.

Por cierto, el otro día mi hija me dijo que en estos artículos a veces me pongo un poquito intenso. Cría cuervos…

Un poco menos de drama
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