La segunda mitad

Lana del Rey /AEP
Lana del Rey /AEP
Los siglos se asemejan en hechos y se diferencian en sustancia. Con las décadas sucede igual, funcionan como células de un organismo temporal superior.

A un movimiento le sucede el contrario o su extensión estilizada, es decir, vaciada; así hasta terminar el calendario. Superada la primera mitad de los nuevos años 20, ¿cómo será la segunda?

Escuchando el pódcast ‘Revelación o timo’ entré en contacto con la tesis sobre cambios estilísticos del crítico Jaime Cristóbal. Según él, los primeros cinco años de década son disruptivos y transforman la música, luego, en la segunda mitad, se limpia la morralla. En los últimos instantes hasta el cambio de decena se recuperan los inicios con mejor gusto.

Llegar a 2030 está más cerca que regresar a 2020, así de rotundo se siente avanzar sin recuperar aliento. Aquel primer año y los dos siguientes dejarán marca como el instante pandémico clave. Por entonces parecía que se podría vivir de Internet y, no tanto después, el éxodo de las redes sociales es un runrún.

El gran confinamiento y derivados supusieron la explosión del ‘Eat the rich’ (‘Comerse a los ricos’) al oficializarse la brecha de clase que si bien se conocía, también se disimulaba. Trajeron a su vez la masificación y los precarios mecanismos de trabajo, la revitalización de la figura del autor dentro de la cultura mainstream, la globalización de los fenómenos locales y, en el más conciso pero amplio de los sentidos, recordaron la fragilidad y brevedad de la vida humana. Este último elemento ha servido como gasolina para alimentar la maquinaria consumista. La respuesta inmediata a la pandemia de covid-19 se manifestó en forma de Fomo (‘fear of missing out’, es decir, miedo a perderse un gran momento) y el capitalismo entró en un nuevo estadio: el mercado de las experiencias.

La obsesión por los conciertos y su encarecimiento, considerados una experiencia más, no resultan ajenos. Grupos sociales que jamás habrían pisado un estadio deportivo ahora entran voluntariamente porque es la medida de nuestro tiempo: lo masivo.

En la primera mitad de los nuevos años 20, Taylor Swift consiguió recuperarse de una deriva sin control gracias a dos discos de mayor calidad, más suyos y que, sin duda alguna, son deudores del ‘bedroom pop’ previo. Este género se caracteriza por la autoproducción con recursos limitados, de ahí su sonido menos impresionante y más pequeño, también más íntimo y cercano. De ahí provienen Billie Eilish, Ralphie Choo o Clairo

Swift ganó estatus de cantautora y su legión de seguidores creció por millones en los años posteriores regrabando sus discos anteriores. El momento de las ‘girls’, podría llamarse. Por ejemplo, el mismo éxito pandémico sobrevino a Lana del Rey, siempre considerada alternativa pese a ser la 28º artista con más oyentes en Spotify. El mundo interior de los artistas pasó a importar frente a los inventos sin alma de las discográficas, también la protesta y la originalidad. Todos hablan de su infancia y sus traumas desde entonces.

Sin embargo, el megaestrellato de Taylor Swift puso de relevancia un tipo de fama total más allá de la diva (perteneciente a la demografía queer) que ha sido tan homenajeado como parodiado. ‘Brat’ y Charli XCX son su máxima expresión y difícilmente resumible. El concepto anticoncepto, tan lleno como hueco, tan nativo de internet como anclado a la calle, a favor de lo superficial y subversivo con eso mismo. Moda, clubes, drogas, referencias de nicho, ‘it girls’, niñateo. La electrónica ha resurgido y si el ‘wellness’ o bienestar naturalista ganaba la batalla, la fiesta se mantiene y la cultura de la discoteca pelea con fuerza.

Las giras gigantescas son la cara A del otro desconfinamiento: las bandas. Recuperar la normalidad, que no tuvo nada de nueva salvo por los precios prohibitivos, trajo consigo recuperación para el rock, en concreto, con grupos debutantes y la mezcla de amigos-diversión-desamor-ciudad-juventud consolidada en su sonido. El torrente no cesa y nacen sucesores de los sucesores de los sucesores, muchos con nombres absurdos síntoma de la era, unidos si acaso por un ánimo punk postpandémico.

Los festivales se multiplicaron sin identidad al hacerse tan accesibles como semejantes. Lo mismo sucede con el hecho de viajar, antes trascendental para un humano proletario. El Sudeste Asiático se ha convertido en un barrio más de las ciudades, o Japón o Egipto. La distancia ha mermado en pos de una menor conquista. Lo mismo con la gastronomía, la decoración de los hogares, los hobbies o la ropa. Nada es muy propio ya.

La industria audiovisual comenzó en esos años a adoptar la forma de una churrería, hoy en día consolidada. Para no perder otro éxito como ‘El juego del calamar’ de Netflix, todas las plataformas y ciertos estudios a través de sus canales invierten anualmente desde entonces cientos de millones en crear nuevas series, gran parte de ellas fracasando antes de la tercera temporada, y distribuir o financiar películas de prestigio, es decir, de firmas pertenecientes a circuitos más independientes.

Si ponemos el foco sobre la literatura, un campo más dado a la variedad, es inevitable hablar de la explosión global de firmas femeninas y, con mayor profusión y personalidad colectiva, en Latinoamérica. También el lirismo narrativo y lo inverosímil (sea magia, religión o ciencia ficción) se han incrustado en la lectura como lo común. El tema que parece ocupar más páginas en la década es la relación del individuo con su identidad. Los premios Nobel de Jon Fosse, Han Kang, Annie Ernaux o László Krasznahorkai reafirman estos postulados.

Cediendo a una breve nota, la cultura no es ajena a la política y se leen en conjunto. El péndulo de la historia se ha desplazado y las naciones se repliegan en la nueva guerra, todavía en forma económica. Volverán los bloques masivos y por encima de las naciones, se habla de sus líderes, autores y estrellas absolutas. En Corea del Norte el mapa oficial ya gira sobre el eje del Pacífico. El mundo como tablero; la información como absurdo. La venganza por el progreso ganado se escribe con inquina. Mientras sucede lo macro, lo micro empeora y se expande el ‘No Future’, de nuevo tan punk como tecno, en la juventud.

La conclusión pasa por reconocer que la masificación ha traído sobreproducción, sobreconsumo y despersonalización por consecuencia. Esta primera mitad de década ha servido para recuperar la autoría como un valor, rechazando lo prefabricado. Es también el momento del concepto y se valora la idea, la presentación y cómo se hila al mismo tiempo que la ejecución estética, sabiendo que el análisis sí estará esperando. Sin embargo, en esta década del yo elevado al yo, terminará ubicándose al autor por encima de su discurso y el público vaciará más rápido a los artistas buscando su experiencia única, decepción tras decepción. Al final, solo quedará TikTok resumiendo la década con vídeos de IA para bots.