La vida en presente

Marina Abramovic /AEP
Marina Abramovic /AEP
A mediados del siglo pasado, una niña yugoslava compró a escondidas el primer número de Playboy publicado en el país. Al abrir el póster encontró un tractor rojo en lugar de una mujer desnuda. El poder se oponía a la curiosidad de Marina.

EN EL MISMO año de su 80ª aniversario, la artista Marina Abramovic (Belgrado, 1946) acaba de presentar su pieza teatral-performance ‘Balkan Erotic Epic’ con paradas en España. De las taquillas cuelgan carteles de ‘todo vendido’ y se confirma así no solo su vigencia, también la importancia de una mente única, transformadora para la historia del arte. Un mito que respira e interacciona con el mundo, todas las capas sociales y en busca constante del plano espiritual. Ella, sin embargo, reconoce que sin su pasado no existiría este presente.

Abramovic pertenece a ese grupo de personas procedentes de un lugar que ya no existe. Hoy ya como Serbia, su Belgrado natal pertenecía a Yugoslavia y el arraigo familiar a una tradición anterior al comunismo, lo balcánico. Llegó en un parto prematuro casi provocando la muerte de su madre en el proceso. Esa primera herida fue solo una de muchas en los lazos con sus padres. Debido a la falta de tiempo y voluntad, envían a su hija con la abuela materna hasta los seis años. A su lado conoce el misticismo y un fuerte sentimiento religioso, ya que su tío abuelo había sido patriarca de la Iglesia Ortodoxa Serbia y, tras morir de un envenenamiento, fue proclamado santo. La anciana la introdujo en la ritualidad balcánica y el espíritu anterior a las naciones.

Los Abramovic pertenecían a la denominada burguesía roja, es decir, aquellos que se mantuvieron cercanos al mariscal Tito durante la guerra revolucionaria y el desalojo del fascismo. La mano dura en su educación se alternaba con largos silencios, frialdad en el trato y distancia emocional que cancelaba incluso el parentesco.
El padre había permanecido encarcelado por sus ideas comunista en la década de los 30 y su vínculo, engrandecido durante la guerra, le permitió llegar a ser un general laureado. Su esposa, Danica, alcanzó el rango de comandante y destacó como una mujer eficiente en el ejército revolucionario. Posteriormente, ella recibió el cargo de directora del Museo de la Revolución y el Arte, en donde exponía obras socialistas junto a fusiles Kaláshnikov.

Gracias a la formación de su madre, el arte pasó a considerarse una herramienta más y una vía profesional para ambos hijos. Durante el tránsito a la adolescencia, Abramovic lee a los clásicos rusos y franceses en su lengua original, habla inglés, se interesa por la estética y la música vigorizante, practica danza, toca el piano y se entrega a la pintura, que se convierte en su expresión favorita. "Mi primera palabra fue El Greco, no mamá o papá", afirma.
La joven, después de inaugurar su primera exposición a los 14 años, pensó en Mozart y la invadieron los celos. Considera que va tarde. Ya no puede ser una niña genia. Aquel vórtice en su interior fue agravándose con el tiempo. A finales de noviembre, en la mañana de su 17º cumpleaños, rompió a llorar desconsoladamente mientras escuchaba el ‘Concierto para piano nº 21’ de Mozart. Había entendido que iba a morir. Aquel mismo año, el padre abandona a su familia y ella decide estudiar Bellas Artes.

Mientras pintaba una nube en un lienzo, el sonido de un aeroplano llamó su atención. Miraba al cielo y, sin embargo, solo podía plasmar la imagen. Le pareció entonces un arte incompleto porque faltaba ese otro elemento más interesante. Dedujo que la representación no alcanzaba para tratar la realidad.
Al graduarse en 1970 pone rumbo a Zagreb, en donde seguirá formándose. Sin embargo, esta es la excusa. La verdadera intención de la artista es dejar atrás su hogar y alejarse de su controladora madre. Experimenta la independencia y conoce la primera libertad. Entra en contacto con el ‘body art’ y poco a poco transforma su cuerpo en el espacio para una instalación viva. Será su modo ritual para purificarse del pasado.

En 1973 se traslada a Novi Sad para dar clases y secretamente planea la primera ‘performance’ de su carrera. "Recuerdo muy bien la intensidad y el estado emocional que experimentaba; no tenían ni punto de comparación con estar metida en un estudio delante de un lienzo. Supe en aquel instante que nunca volvería a la pintura", admite la artista.

Presentó la pieza ‘Ritmo 10’ ese mismo año y se convirtió en una bomba. Abramovic jugaba a la manera rusa con un cuchillo entre los dedos de su mano, pasando la hoja entre ellos a toda velocidad. Cada vez que se cortaba, cambiaba de filo y pasaba a otro, de 22 diferentes. Al vigésimo tajo, cesó. Había grabado el proceso y lo repetía en presente guiándose por el vídeo, intentando imitar el pasado y sus cortes.

omienza así a indagar sobre la consciencia del artista en la creación, un tema que propicia al año siguiente una segunda performance’ En ‘Ritmo 5’, Marina quemó una enorme estrella de cinco puntas, símbolo de Yugoslavia. Ella se cortaba uñas y cabello mientras el fuego avanzaba. Lanzaba los restos como rito purificador y, ya desnuda, se introdujo en el centro de la estrella. Se desmayó por la falta de oxígeno y ante un riesgo mortal, el público intervino para salvarla.

La experiencia de ser rescatada inconsciente inspira su siguiente pieza, la cual estrena ese mismo año. ‘Ritmo 2’ introduce la incapacidad del artista dentro de la obra. Abramovic dividió el acto en dos acciones. Primero tomó una píldora médica para tratar la catatonia y su cuerpo sano reaccionó con extremas convulsiones, pero sin perder la claridad mental. Sus extremidades se movían sin control. A continuación ingirió un calmante para depresiones violentas, que provoca una desconexión de la mente.

El arrojo de Marina Abramovic se había convertido por mérito propio en un reclamo y los críticos esperaban por su siguiente movimiento, quizá tan atrevido y peligroso como grotesco. La artista ansiaba habitar el presente de manera absoluta y concluyó que solamente el dolor permite mantenerse en el ahora. Así derrumbaría también las defensas psíquicas y emocionales de su organismo.

Decide poner en práctica un método de introspección que la llevaría hasta los confines de su mente al mismo tiempo que soportaría físicamente estados extremos. En el Estudio Morra de Nápoles, Abramovic presentó 72 objetos en una mesa que podrían ser utilizados por el público sobre su cuerpo. Un látigo, un libro, un cuchillo, unos zapatos, agua, un espejo, una pluma, un sombrero, agujas de diferentes tamaños, una vela, un pañuelo, cadenas, un hacha, clavos, un lápiz de labios, un frasco de perfume, una rama de romero, un bisturí, una rosa, una cámara Polaroid, una pistola y una bala, entre otros. Ella permanecería pasiva durante 6 horas sin inmutarse a las acciones.

Comenzaron de manera afectiva y amistosa, aunque rápidamente las interacciones tomaron otros matices. A las tres horas la violencia era explícita. Un hombre usó un cuchillo para hacerle un tajo en el cuello, de donde bebió la sangre de la herida. Otro espectador escribió 'Fin' en la frente de la artista. Usaron las hojas de afeitar para destrozar sus ropas hasta dejarla desnuda y sobaron su cuerpo, exploraron sus cavidades, hirieron sus pezones, la agredieron sexualmente. Entre cuatro personas colocaron su cuerpo en la mesa de piernas abiertas e introdujeron el mango de un cuchillo entre ellas. Llegaron a colocar en la pistola la única bala y, con la mano de Abramović, dirigieron el cañón hacia ella. En ese momento intervino un agente y hubo un conflicto, pese a las instrucciones de no intromisión.

La obra terminó a las dos de la mañana y cuando la artista comenzó a moverse de nuevo, muchos espectadores huyeron corriendo. Abramovic paseaba entre ellos mirándolos a la cara. Caían lágrimas de sus ojos y en su cuerpo quedaban las marcas de todo, incluso las espinas de la rosa clavadas sobre su vientre.

Tiempo después, al regresar a casa de una presentación, encontró a su madre de pie en el salón. La esperaba. Los rumores sobre su trabajo y la desnudez le resultaban insoportables. Fumaba con un enorme cenicero en la mano. Gritó una frase de 'Tarás Bulba', de Nikolái Gógol. "Te di la vida y ahora te la quito", dijo mientras le arrojaba el cenicero. Pensó en no apartarse y dejarse agredir, pero cedió. Cogió sus cosas y se marchó para siempre.
Abramovic aterrizó en Amsterdam y no tardó en conocer a Ulay, un joven artista de la Alemania occidental. Se unieron en una pareja absoluta y revolucionaron la performance hasta convertirla en un arte serio, sin complejos. Centraron sus esfuerzos en explorar el ego y la lucha identitaria. Juntos compusieron algunas de las obras más interesantes de la era contemporánea, como ‘Relation in time’, ‘AAA-AAA’ o ‘Imponderabilia’. El fin de su amor llegó a través del arte, cuando Ulay mostró debilidad física después de 22 funciones de ‘Nightsea crossing’ y Marina, intolerante a ello, puso fin al romance de 12 años.

Su separación se transformó en su última performance, ‘The Lovers’. Él caminaría desde el desierto del Gobi y ella desde el mar Amarillo, cada cual recorriendo 2.500 kilómetros hasta encontrarse en medio de la Gran Muralla China. Se dieron un abrazo tres meses después y se despidieron.

La popularidad de Abramovic aumentó en los años siguientes y en 1997 logró el León de Oro en la Bienal de Venecia dedicada al arte. En ‘Balkan Baroque’, la artista pasó cuatro días seguidos sentada sobre toneladas de huesos de ternera ensangrentados y con carne podrida, que raspaba en turnos de 7 horas con un cepillo de metal. Así respondió a la Guerra de los Balcanes y su masacre humana.

Su última gran obra data del 2010, cuando el MoMa dedicó una retrospectiva a su vida. Estrenó ‘El artista está presente’, una pieza en la que pasaría 716 horas sentada mirando a quien se pusiera al frente. Solo rompió a llorar cuando Ulay se sentó a mirarla de vuelta. El vídeo del momento es un momento icónico del arte actual.

Marina Abramovic permanece incombustible con nuevas ideas y espectáculos que reivindican lo balcánico frente al mundo. Continúa realizando los rituales que su abuela le inculcó de niña, planeando también vivir hasta los 100 años, y teme morir no por la muerte, sino por dejar de crear. Aunque ya sabe que al fallecer dejará tres tumbas en lugares diferentes. Así nadie sabrá dónde descansa su cuerpo.