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domingo. 04.12.2022
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El alien y un piano de juguete

Cada mañana desde hace no más de cinco años un hombre sale de su casa en el valle de Topanga, en California, y busca una serpiente cualquiera en esa zona desértica. Quiere enfrentarse a la bestia para superar un miedo irracional a este tipo de reptil. Así es como el pianista y artista musical Benjamin Clementine (Reino Unido, 1988) afronta la vida.
Benjamin Clementine. EP
Benjamin Clementine. EP

El británico Benjamin Clementine se crio en Edmont, un barrio al norte de Londres, un lugar con una de las tasas de desempleo más altas del Reino Unido y cuya biblioteca está dentro de un antiguo centro comercial. El largo camino que recuerda tomar para poder visitar la ciudad en la que le decían que vivía le parece lejano, aunque su marca persiste.

Por las mañanas, tras buscar serpientes a las que desafiar, conduce hasta la costa del Pacífico y busca un lugar para sentarse a contemplar. Así es su meditación. Si no hace eso, elige pasear por las montañas con su esposa, la también artista Flo Morrissey, y el hijo de ambos. Al volver toca la guitarra, besa al niño en la frente y decide sobre si bajar a Los Ángeles. A veces sí, a veces no. Pero en todo momento sigue siendo el último de cinco hermanos migrantes criados en Edmont y las consecuencias de esto.

Clementine nació en el seno de una familia migrante de segunda generación, con origen en Ghana. Fue el quinto y último hijo de un matrimonio conservador, ultracatólico y de obligada clase obrera. Sus padres, los que biológicamente le tocaron, decidieron que él y sus hermanos deberían criarse con su abuela. Así sabrían identificar a la perfección y de manera natural todos los pecados y tentaciones de la vida, a la vez que aprendían sobre obligaciones del espíritu.

La clase media a la que Benjamin perteneció era fruto del trabajo, pero también de la privación constante. Era sencillo poder formar parte de algo si no se disfrutaba de aquello que se le presumía intrínseco. Recuerda con pudor haber mirado y deseado un piano de juguete que una compañera había llevado a clase. Le solicitó en múltiples ocasiones poder jugar con él, pero la niña se negaba siempre. Finalmente, lo robó. Aquello formó revuelo y Benjamin, de 6 años, devolvió el juguete. Con su inocente delito había descubierto la música y nada volvería a ser igual.

El carácter de la niña, reacia a compartir con él, da cuenta de la situación de exclusión y condena constante que sufrió Benjamin Clementine en la escuela desde siempre. Nadie hacía nada por frenar las cataratas de odio que recibía el pianista. Su aspecto andrógino actual, con unos pómulos muy acentuados y casi cortantes, una piel negra y brillante y un cabello de colmena que roza lo escultórico; ya asomaba en la infancia. La estatura de casi dos metros del Clementine adulto y la delgadez consorte también se intuían en aquel niño. Y así como los adultos lo miraban con extrañeza, los niños lo hacían con maldad.

Durante sus años académicos fue discriminando por su piel y orígenes, por su cuerpo leído como extraño, por su peculiar forma de socialización consecuencia de una crianza ultraconservadora, por su manera de hablar y por algo en él que era leído como queer, homosexual, afeminado, no masculino. Por esto último, los insultos, torturas, vejaciones y eventuales peleas terminaron por hacerse una constante al llegar al instituto. Todo ello al tiempo que su rendimiento escolar caía en picado con la única lectura de que aquel niño era, a todas luces, incapaz.

La Biblia y la poesía fueron su primer contacto con un mundo que le recordaba a aquel piano de juguete, fantasioso y cargado de posibilidades, pero menos evocadores

Cuando la abuela de Clementine muere, los hermanos se ven forzados a mudarse con los padres. Para entonces, el carácter del niño ya era rebelde y travieso por consecuencia de algo que los hermanos sabían, pero nadie más en la casa intuía. Quizás, pensaron, son mejores las cosas que pueden pasar en la escuela por estos motivos que las que podrían pasar en casa.

Benjamin decide refugiarse en la lectura, aunque no todo estaba permitido. La Biblia y la poesía fueron su primer contacto con un mundo que le recordaba a aquel piano de juguete, fantasioso y cargado de posibilidades, pero menos evocadores. Los trabajos de William Blake, T.S. Elliot y Carol Ann Duffy atraparon a aquel preadolescente hasta el punto de hacerle faltar a la escuela durante jornadas enteras solo para poder escoger libros a hurtadillas del estante de su hermano mayor.

Benjamin Clementine. EP
Benjamin Clementine. EP

Joseph, el primero de la prole, fue el gran aliado de Benjamin en la casa. Era aficionado a la filosofía, el pensamiento musical, la ciencia y la literatura inglesa. Hablaban durante horas, pero no podía prestarle aquello de lo que le hablaba. En su lugar, Joseph le pasaba a su hermano menor diccionarios. Le incitaba a leer las palabras que los otros emplearían y así poder entender las dimensiones que el lenguaje puede alcanzar. Como consecuencia, Clementine inició su propio diccionario, uno privado y hermético que continúa a día de hoy y va por el tomo 26º.

Por aquel entonces, Joseph compró un piano. Solo podía ser tocado por otros cuando su entrenamiento diario terminase, que era muy largo. Pero como sucede a menudo, el joven se cansó y prefirió otro instrumento. Aprovechando el vacío, comenzó a tocar aquellas teclas ya no de juguete, aunque sí cargadas del mismo misterio. Su padre decidió prestarle atención por primera vez y lejos de maravillarse, se alarmó. Su hijo, el que debía ser abogado, era tentado por las artes. El piano desapareció y la música se prohibió.

Una de sus limitaciones cruciales fue el analfabetismo musical. Benjamin no sabía leer ni escribir música, ni las notas ni orden, así que comenzó por seguir el instinto animal de la imitación

Clementine recurrió entonces a lo clandestino, lo que ya había surtido efecto anteriormente. Entró en contacto con la sociedad ilegal paralela cuando decidió junto a otro de sus hermanos que había que vestirse de traje para ganarse el respeto de la gente. No era exactamente clandestino, pero ambos muchachos se hicieron habituales en el entorno de la compraventa de trajes con no se sabe bien qué dinero. En este otro caso, adquirió un pequeño teclado y decidió tocarlo en el tejado de su casa mientras sus padres trabajaban.

Una de sus limitaciones cruciales fue el analfabetismo musical. Benjamin no sabía leer ni escribir música, ni las notas ni orden, así que comenzó por seguir el instinto animal de la imitación. Tocaba de oído todos los éxitos pop del momento. Aprendía acompañado de una radio. Agotado y aburrido de repetir los mismos acordes, buscó emisoras hasta encontrar Classic FM. Su trabajo como plagiador cambió totalmente y ahora Debussy y Erik Satie eran sus mentores.

El conservatorio del joven fue aquel tejado durante cinco años, hasta que llegó el divorcio del matrimonio ultracatólico. Aquello no afectó en nada al joven, que solo sentía desprecio hacia sus padres. Llevaba años refugiado en el pensamiento musical, su ejecución estando a solas y la lectura incansable de William Blake e Immanuel Kant, pero principalmente de John Locke. El ensayo sobre el entendimiento humano que escribió el filósofo inglés del siglo XVII fue para él la "sabiduría paterna" que nunca había obtenido.

Clementine abandonó la escuela a los 16 años y con todos los exámenes suspensos, salvo el de literatura inglesa. Paralelamente, una enorme discusión familiar lo expulsa del hogar con virulencia. Vaga por las calles hasta llegar al barrio de Camden, donde sobrevive sin hogar y con enormes dificultades financieras. Aquello hizo germinar en el joven dolencias psicológicas con las que aún pervive.

Con las pillerías de la juventud y las adquiridas por haber vivido en la constante prohibición, Benjamin logró ubicarse en un piso con otros jóvenes. Su carácter se volvió cada vez más irascible y obtuso, problemático. Los trabajos volaban en sus manos. Tras una encendida discusión con un compañero de piso, el joven pianista guardó un paquete de espaguetis en una mochila junto a un poco de ropa, un gorro y 90 libras. Se marchó sin rumbo y cuando tuvo tiempo a parar, había llegado a París. Tenía 19 años y ya era un vagabundo internacional.

Tras deambular por la capital francesa durante horas, llegó ante el Sagrado Corazón de Montmartre. En un impulsivo ejercicio de adquirir consciencia, comprendió la dimensión de su fuga. El joven comenzó a llorar tras haber caído en cuenta de lo inocente que había sido. Tiró los espaguetis, "me fui con ellos pensando que tendría un lugar en el que cocinarlos", y comenzó a pedir limosna.

Por las noches actuaba en hoteles y salas como pianista acompañante, con una elegancia que no pasaba desapercibida junto a un cuerpo como el suyo


Clementine buscó ocupación como limpiador de cocinas, el escalafón más bajo de un mundo que trituraba personas. Sin embargo, resultaba más sencillo para él conseguir trabajos como pianista en bares y hoteles que aquello que se consideraba lo más bajo de la esfera laboral. Sin haberlo planeado, comenzó a coordinar un empleo como músico en locales de la Place de Clichy, muy mal remunerado, con una vida en las calles.

Se instaló de manera definitiva en la litera inferior junto a la ventana de un hostal de Montmartre, en el cual pagaba 20 euros al día por compartir habitación con otros 10 hombres. Sus pocas pertenencias se custodiaban como un embrollo de trapos en la parte baja de la cama.

Con sus pocos ahorros, compró una guitarra desgastada hasta lo extremo y un teclado de bajísima calidad y viejo. Durante años se dedicó a componer y escribir sus propias canciones. Por las noches actuaba en hoteles y salas como pianista acompañante, con una elegancia que no pasaba desapercibida junto a un cuerpo como el suyo. En las horas diurnas componía y ensayaba, pero también tocaba en el metro de París y probaba sus canciones. Allí se exponía a cantar con o sin guitarra, molestando a algunos pasajeros, pero arrancando aplausos la mayoría de las veces.

Con el paso de los años, Benjamin ha alabado la decisión de cantar en el metro o en las vías porque haber visto la indiferencia entre aquellos que forzosamente debían escucharlo construyó en él una confianza crucial, la que utiliza para subirse a los escenarios de todo el mundo sin desconfiar de sus propias habilidades.

Gracias a la suma de elementos vitales, físicos y musicales que rodeaban a Benjamin Clementine, el pianista se convierte en una figura de culto en la escena musical parisina y todos quieren ir a ver a aquel joven que toca con la delicadeza de los maestros y la expresividad de los poetas.

Tenía la atención de la crítica, que ya lo definía como un autor clave en el porvenir del sonido musical londinense y de toda una generación de cantautores.

Tras cinco años de alternancia entre artista y vagabundo, el británico logra captar la atención de un pasajero del metro que acaba convirtiéndose en su agente. Antes de las navidades de 2012, Clementine firma un jugoso contrato con una discográfica para trabajar con un sello independiente en París. Pero antes de sacar su propio disco, lo ponen a prueba y ejecutan una gira que lleva al pianista a tocar en el festival de Cannes y los festivales de jazz de Montreux, Canadá y Países Bajos.

Tres de las grandes discográficas mundiales pasaron a interesarse, pero su trabajo musical ya estaba en marcha. La lectura incansable de Sylvia Plath había calado en él hasta condicionarlo como un poeta y compositor confesional, que se explicaba a través de su arte. En Francia se familiarizó con la obra de Baudelaire, Verlaine y Rimbaud; así como con los cantantes Leo Ferré, Georges Brassens, Jacques Brel y Charles Aznavour, con quien llegó a grabar un dueto.

Benjamin Clementine. EP
Benjamin Clementine. EP

Clementine siempre reconoce que los artistas franceses le dieron la capacidad para entender la importancia crucial de sus palabras y que los ingleses hicieron lo mismo con la melodía, por eso su música suena a un puente intermedio entre ambas sociedades.

En junio de 2013, un EP con las tres primeras canciones de Benjamin salen al mercado y el mismo mes es solicitado para aparecer en televisión tocando en el mismo programa que Gary Clark –de Earth, Wind and Fire–, los Arctic Monkeys y Paul McCartney. Después de interpretar Cornerstone, se retiró al camerino que le habían dado. McCartney llamó a la puerta, abrió con timidez y le dijo: "Vales para esto, me has emocionado. No abandones".

Tras aquello, se vio forzado a parar durante dos años y trabajar en su álbum debut. Tenía la atención de la crítica, que ya lo definía como un autor clave en el porvenir del sonido musical londinense y de toda una generación de cantautores. Se había laureado la etiqueta de inclasificable aunque también la comparación constante e ineludible con Nina Simone.

Durante este parón, perfeccionó su álbum debut At least for now y compuso una colección de piezas clásicas, poesía y más volúmenes de su diccionario. Alcanzó los primeros puestos en las tablas de ventas de medio mundo y consiguió ganar el Mercury Prize, el más prestigioso y codiciado galardón musical en Reino Unido. Clementine había decidido abrir su primer disco reformulando una frase de Winston Churchill, una absoluta declaración de intenciones. "Nunca en el campo de los afectos humanos se dio tanto a cambio de tan poca atención".

Su segundo disco es de una complejidad musical y narrativa muy superior a su debut, con unas cotas de pensamiento y vocación artística explícitas

La gira mundial del pianista puso de manifiesto un carácter complicado, consecuencia de duros años a la intemperie vital y física, pero también una habilidad musical monumental que llevó al New York Times a clasificarlo como una de los 28 genios musicales que están definiendo el siglo XXI. Destacan de Clementine sus composiciones incisivas, poéticas y rebeldes, todo ello cubierto con aire sofisticado y a la vez tribal en lo expresivo. Su música se ha liberado de la estructura y ha inventado un terreno nuevo y dramático. "Es un George Orwell musical y de nuestro tiempo".

Después de pasearse descalzo y descamisado por los escenarios de todos los continentes, solo cubierto con un abrigo de lana en ocasiones, volvió al estudio para trabajar en I tell a fly, su trabajo más ambicioso hasta el momento. Tras darse cuenta de que su visa estadounidense para poder tocar en el país había sido concedida bajo el pretexto de ser "un alien con extraordinarias habilidades", Benjamin decidió contar la historia de un visitante ajeno a todo lo que sucede en la Tierra que decide explorar y explicar cómo es lo que ve.

Su segundo disco es de una complejidad musical y narrativa muy superior a su debut, con unas cotas de pensamiento y vocación artística explícitas. Poco o nada en este álbum puede emitirse en una radio. Este terreno musical inventado por él mismo le sirvió para probar sus límites y los riesgos. Tras contarse a sí mismo con estructuras poco ortodoxas a piano, ahora decidía contarnos al resto del mundo con sinfonías teatrales y grandilocuentes con más lecturas de las entendibles por una simple escucha.

Benjamin Clementine viene de estrenar su tercer disco, And I have been, en el que retoma lo autoconfesional tras cinco años de silencio y meditación. Ha perdido gran parte de su amargura existencial y oscuridad, rezuma una luz amarillenta labrada con el amor de su esposa y el desierto. Sus melodías vuelven a parecer sencillas, accesibles, y ha creado de nuevo una trampa emocional para atrapar a todo aquel que lo escuche.

Clementine no sabe cuánto más va a durar en la música, ha anunciado una segunda parte de este álbum para el año que viene y una retirada definitiva. Tiene otros intereses más allá del piano, tiene otra persona a la que satisfacer dentro de sí mismo. La divisa del alien de extraordinario está a punto de caducar porque ha perdido el miedo a las serpientes.

El alien y un piano de juguete
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