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viernes. 12.08.2022
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Callar

Cuando el efímero grupo Las Bistecs se retiró tras su primer disco Oferta, un homenaje al pop más trash bajo la etiqueta de electro-disgusting, las integrantes dieron una serie de entrevistas finales. No recuerdo la frase exacta ni el medio, pero dijeron que si algún día volvían a hacer música sería tan minimal y posverbal que sonaría como el silencio.

POR LA deformación profesional que ha supuesto en mi vida dedicar determinadas horas a la semana a hablar como método lucrativo, cuyo resultado son de momento 18 meses de conversaciones, lo equivalente a dos embarazos que en mi caso son más de 70 programas; he terminado por desear que ese silencio posverbal que proponían Las Bistecs se generalice al resto de la población y que hable solo quien sepa. Porque hablar, conversar, dialogar, responder y debatir son disciplinas difíciles de dominar.

Esta obviedad casi no merecería el espacio que ocupa si no fuese por la ingente cantidad de ruido que nos rodea, proveniente con mucha frecuencia de interlocutores zafios, inexpertos en el arte de la oratoria, la buena y previa a la apropiación neoliberal del término. Por eso, de madrugada rompo voluntariamente el silencio absoluto que me envuelve eligiendo con cuidado algo que ver. Ahora que intento dejar de hablar por puro agotamiento, quiero que lo haga alguien para mí. Quiero que lo haga bien, como, por ejemplo, el escritor Nick Hornby.

Después de tres años de espera, el formato de serie breve State of the Union (HBO Max) regresa con la historia de 100 minutos sobre un nuevo divorcio y fragmentada en 10 episodios, con los guiones de Hornby y la dirección de Stephen Frears. Hay algo reconfortante en estas cortas conversaciones de un matrimonio de jubilados que se conocen demasiado, que dejaron de escucharse tiempo atrás y que no se preguntan entre ellos porque serían incapaces de interesarse por la respuesta. Pero que, aún así, se quieren.

Ellen y Scott rellenan el silencio discutiendo frente al espectador, aireando aventuras extramatrimoniales de hace más de 25 años y nuevos sentimientos religiosos en sectas católicas. Es una guerra a escala ínfima y con trincheras personales, no los conoces pero sabes quiénes son perfectamente. Sin embargo, pese al tono de confrontación y conflicto, queda espacio para la sensibilidad y emotividad por lo que se rompe por falta de entendimiento.

Uno no calla voluntariamente, sino por fuerza mayor.

Hay pocas cosas más significativas que marcharse de un lugar o terminar una relación en silencio. Puede no quedar nada por decir, pero también puede que no haya nada que decir. En ese vacío de contenido, sinónimo de indiferencia y final absoluto, ni los gestos ni las miradas tienen valor. Uno no calla voluntariamente, sino por fuerza mayor.

El repaso vital de reproches y desconocimiento entre Scott y Ellen conduce a la audiencia a analizar sus propias conversaciones, cómo establece sus relaciones, su grado de sinceridad y el interés con las personas que nos rodean. ¿Las escuchamos, esperamos con educación nuestro turno para contestar, pero sin prestar atención o simplemente activamos el piloto automático para dialogar?

Rompí también voluntariamente el silencio para ver The Royal Game (Filmin), última adaptación al cine de Novela de ajedrez de Stefan Zweig. La película es mediocre, no hace justicia al texto original, pero entretiene y respeta a la inteligencia. Conserva, pese a todo, la puesta en valor de la comunicación que el escritor austríaco consideró fundamental en su obra.


Tanto en la cinta como en la novela el silencio se convierte en un personaje más. Acompaña e incomoda a quien observa la destrucción que se desata internamente en el Señor B., que calla por temor a verbalizar todo lo que su mente no para de repetir en bucle, y además el mutismo da origen a conversaciones con uno mismo, a desdoblar la personalidad para dialogar con las otras voces que viven dentro de nosotros.

La comunicación existe aún sin mensaje, aún sin sonido e incluso sin un receptor, sin otra persona

La privación de socialización fue y es una conocida técnica de tortura por aislamiento, muy practicada por los nazis, que no impedía el habla pero que sí restaba sentido a la vida del individuo haciéndolo consciente de su debilidad debido a un estado de soledad despiadado. El Señor B. paga las consecuencias de ello pero sus silencios, los pasados y los presentes, comunican también, emiten claro un mensaje, crean conversaciones mudas.

Zweig bebió, como muchos de sus contemporáneos, de las teorías de Freud. Dotó del dualismo bueno-malo al ajedrez como sinónimo de los colores blanco y negro del juego, pero también al Señor B. cuando se divide en dos: el trastornado y el antiguo yo, que conversan y compiten sobre un tablero imaginario durante el cautiverio.

Sin embargo, la comunicación existe aún sin mensaje, aún sin sonido e incluso sin un receptor, sin otra persona. Esto es lo que propone el filósofo Paul Watzlawick en sus ensayos, como No es posible no comunicar, y que contradice el aislamiento que proponía Zweig, pero no las consecuencias del mismo, por supuesto.

Watzlawick llegó a mí como autor de las profecías autocumplidas, pero sus postulados en la teoría de la comunicación humana me acompañan en este silencio voluntario y su voz, como la de Nick Hornby en State of the Union y Stefan Zweig, me parece valiosas para romperlo. Y es que aunque decida callar, es imposible dejar de comunicarse. El acto de callar es un mensaje sí, porque, según el filósofo, mientras haya comportamiento, habrá comunicación.

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