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Memoria y sirenas bajo la red

Es una certeza mundialmente reconocida que la muerte verdadera no es la física, sino aquella que ocurre cuando todos te olvidan. Pero en el caso de la escritora y filósofa irlandesa Iris Murdoch (Dublín, 1919-1999) todo lo relativo a su fallecimiento absoluto fue más largo, complejo y sangrante.
Iris Murdoch. EP
Iris Murdoch. EP

CUANDO AL final de sus días, antes del cambio del milenio, Murdoch no se reconocía a sí misma ni a nada ni nadie a su alrededor por causa del alzheimer no podía dudarse de que, de algún modo, ella ya estaba muerta. Después falleció, por supuesto. Luego hubo de morir en la memoria aunque por partida doble: la Iris previa a la enfermedad y la desfigurada por los estragos de la dolencia. Y, en añadido, Murdoch pereció también como autora al ser apartada por la Academia a causa de la publicación de memorias y libros sobre su vida privada escritos por su viudo.

El alzheimer consumió a la escritora en dos años desde que se lo diagnosticaron en 1997. Sus apariciones públicas, hasta entonces incesantes y brillantes por su discurso, frenaron en seco. De la persona que era ampliamente reconocida en los años 70 y 80 como «la mujer más brillante de Reino Unido» solo quedó una anciana iracunda que agarraba objetos por inseguridad en su propia casa y veía en bucle los Teletubbies en el salón. Fue casi como si entre su infancia y demencia no hubiese acontecido la inmensa vida de talento e intelecto que, en realidad, sí tuvo lugar.

Murdoch era irlandesa de origen e inglesa por crianza. Emigró de Dublín a Londres cuando su padre consiguió una plaza como funcionario subalterno y ascendió socialmente dejando de ser el hijo de unos granjeros presbiterianos de Belfast. Fumador empedernido —tanto que Iris lo recuerda siempre rodeado de humo—, tuvo claro como miembro de una incipiente clase media que la cultura era la base fundamental para una vida digna; algo que su esposa formada en canto lírico compartía. Así se lo inculcaron a la escritora desde niña.

De modo intencionado, Iris estudió en escuelas de corte progresista e independientes en Londres y Bristol, que abogaban por una formación más completa de lo esperable para una mujer en esa época. Murdoch, hija única de un matrimonio acomodado, pero obrero, se postuló para estudiar lengua inglesa en Oxford; aunque finalmente se matriculó en Greats, lo equivalente a Filología Clásica, Historia Antigua y Filosofía. Al entrar en la universidad, se unió al Partido Comunista de Reino Unido, pero del modo en que todo estudiante debía hacerlo por impostura en aquel momento.

Establece relaciones casi eróticas con las personas a las que admiraba intelectualmente


En esta etapa, Murdoch se convierte en alumna predilecta de Donald MacKinnon y Edward Fraenkel, y simultáneamente comienza una dinámica social que mantendría el resto de su vida: establecer relaciones casi eróticas con las personas a las que admiraba intelectualmente, hombres y mujeres que saciasen sus ansias de saber. También comienza el más largo de sus amoríos, el que mantuvo con Platón y sus escritos, la base de su posterior pensamiento.

En el momento en que la Segunda Guerra Mundial estalló, Murdoch se puso a las órdenes de Naciones Unidas para servir de ayuda a refugiados. En esta incursión por Europa conoció a Jean-Paul Sartre. El pensador francés era un referente para Iris en aquel entonces. Gracias a su encuentro, la fascinación de Murdoch aumentaría hasta el punto de dedicarle su primer libro, Sartre: un racionalista romántico (1953).

Al término del conflicto bélico, la irlandesa reemprendió sus estudios de posgrado en Cambridge y allí entró en contacto con Ludwig Wittgenstein y su influyente círculo de pensamiento. «Estaba ávida de movimiento, de acrobacia, de ruido», definió la propia Iris esos años. Sin abandonar su faceta investigadora, Murdoch comienza a impartir clases de filosofía en Oxford en 1948.

También en ese campus y ámbito universitario encontró Iris a John Bailey, una de las personas más influyentes en su vida. Él era estudiante y ella profesora, la diferencia de edad era ligera y el buen entendimiento que surgió entre ellos gracias a la literatura floreció como un matrimonio peculiar marcado por las singularidades de ambos.

Uno de los más sonados amantes de la irlandesa fue el premio Nobel de Literatura Elias Canetti


Bailey publicó una serie de libros tras la muerte de su esposa en la que quiso narrar, en un principio, la enfermedad y cómo lo vivió desde dentro, como bien plasma Elegías a Iris. Sin embargo, la explotación de la intimidad de la escritora en obras posteriores como Iris y sus amigos generó un efecto de rechazo hacia el propio Bailey y, por efecto de arrastre, a Murdoch. Ni la sociedad ni la Academia pudo evitar interesarse morbosamente por los recovecos del matrimonio y castigarlos por ello.

El viudo de Iris reconocía en sus textos que él era una persona prácticamente asexual, con nulo interés en las cuestiones de cama y que su esposa, contrariamente, tenía facilidad para establecer relaciones intelectuales y sexuales con hombres y mujeres. Se definen algunos pasajes de encuentros, de muchísimos amantes, de situaciones en que Bailey participaba como observador simplemente y así sucesivamente mientras se emponzoña la trascendencia de Murdoch.

Uno de los más sonados amantes de la irlandesa fue el premio Nobel de Literatura Elias Canetti, quien dedicó párrafos en sus novelas para describirla como una mujer torpe, ladrona de ideas y conceptos a sus amantes, y corta de imaginación y talento. Murdoch, por su parte, asoció el difícil y autoritario carácter de Canetti a un personaje arquetipo en todas sus obras: el hombre demoníaco que impone su visión. La relación entre ambos duró décadas, no siempre fue pasional y en su último tramo solo quedaba resentimiento.

En Oxford, Murdoch también conoció a la filósofa Philippa Foot. No superaban los 20 años cuando iniciaron una amistad que lentamente se convirtió en una relación amorosa, intelectual y sexual que abrió las puertas de la bisexualidad para la escritora, que tuvo más mujeres como amantes pero jamás olvidó a Foot. La historia de ambas, conocida ahora por sus correspondencias, marcó la vida de Iris tanto como su matrimonio.

Es habitual que el sexo, la fidelidad, la moralidad respecto a los sentimientos, y lo pasional o la orientación sexual conformen parte fundamental de la trama narrativa


Todas estas experiencias vitales y sus consecuencias tuvieron un impacto directo en el modo en que Murdoch construía no solo sus argumentos, sino sus personajes, su pensamiento y los problemas que deberían afrontarse en la novela. Es habitual que el sexo, la fidelidad, la moralidad respecto a los sentimientos, y lo pasional o la orientación sexual conformen parte fundamental de la trama narrativa, aunque es el amor y el enamoramiento —que Iris diferenciaba con énfasis— el auténtico motor tragicómico de sus obras.

Estos elementos ya se intuían en su primera novela, Bajo la red, que vio la luz en 1954 cuando todavía era profesora en Oxford con 35 años, un debut entendido como tardío. Nadie sabía que se encontraba escribiendo ficción, porque ella, hasta ese momento, solo había manifestado interés por la filosofía. El texto logró un relativo reconocimiento comercial, de crítica y de público, por lo que Iris optó por combinar su faceta de filósofa con la de escritora.

Mientras seguía sacando novelas de una calidad ya superior a la media, como El castillo de arena, La campana —texto inusual sobre la homosexualidad masculina— o El unicornio —una revisión y burla de la novela gótica—; su posición como pensadora se reforzaba gracias a un espíritu independiente y excéntrico respecto a los dogmas del momento.

En aquella sociedad de posguerra y más aún de tal calibre, los filósofos Wittgenstein y Heidegger habían desmantelado los principios metafísicos y relacionales que regían Occidente y de ellos surgieron las corrientes de pensamiento que indicaban los posibles caminos a seguir: el existencialismo francés y la filosofía analítica inglesa. A mayores de esto, los dos grandes bloques hegemónicos que condicionaban todo pensamiento eran el marxismo y el psicoanálisis. Contra todo ello —y ellos— se reveló Murdoch abriendo una vía alternativa.

Recuperando a Platón y sus ideas sobre la bondad y la verdad, Murdoch abrió un camino de filosofía moral


La imagen de persona común en aquella sociedad destruida era la de alguien de corte conductista, existencialista y utilitaria, en la que la moral dependía de los actos públicos como sujeto y no de lo que ocurría en su mundo interior para motivar sus actos. Iris encontraba fallido este sistema por ser “egocéntrico de energía cuasi mecánica, determinado por la historia individual del sujeto y sus atributos naturales difíciles de comprender o controlar por él mismo”. Todo ello no daba respuesta a ninguna pregunta planteada en la posguerra, que había arruinado la moral colectiva. Era insuficiente.

Recuperando a Platón y sus ideas sobre la bondad y la verdad, Murdoch abrió un camino de filosofía moral —absolutamente desprestigiada entonces tras la victoria de la Ciencia sobre la Filosofía— que parecía ridículo en su momento, pero que actualmente es muy respetado. La irlandesa defendió toda su vida que hay una vida que no puede expresarse, una interna, que tiene presencia y eficacia dentro de la mente y el alma de una persona. Esa vida es inaccesible a los demás e incluso para uno mismo, entonces planteaba: ¿qué sistema es moral, justo y eficaz si no tiene en cuenta esta vida interna?

Murdoch abogaba por eliminar el yo, el ser humano como intermediario e intérprete de la realidad y acercarse a la verdad de manera más pura y sin prejuicios posible. A esto lo llamaba mirar con bondad, porque solo lo bueno puede ser cierto. "Es necesario rasgar el velo de la maldad, de la mentira, para ver por nosotros mismos", defendía la escritora en un mundo en el que la bondad había sido superada por la rectitud y la sinceridad militar. Murdoch lo expuso con una escena práctica: "Imagine a una suegra, M, que tiene desprecio por D, su nuera. M ve a D como común, barata. Dado que M es una inglesa con autocontrol, se comporta con perfecta amabilidad. Pero también se da cuenta de que sus sentimientos y pensamientos son indignos. Así que se impone una tarea moral: cambiará su visión de D por una menos estropeada por el egoísmo. A medida que pasa el tiempo, las nuevas imágenes suplantan a las antiguas. Finalmente, nadie podría decir que hubo un cambio, siempre fue amorosa, pero ahora es de verdad por un cambio interno".

Murdoch, firme admiradora de los artistas pictóricos, en especial de Cezanne, por el uso que hacían de la visión y la imagen como intérpretes de realidad, condensó su pensamiento y escuela en dos libros, La soberanía del Bien y El fuego y el Sol, mientras intercalaba su carrera de pensadora con la de escritora. "La filosofía solo hace una cosa, pero la literatura hace muchísimas", solía decir.

Iris, que no descansaba «más de media hora entre finalizar un libro e iniciar otro», fue una autora muy productiva


En su faceta como literata, la irlandesa surgió como una firme heredera de Jane Austen, Shakespeare y Dickens por el uso de una ironía subterránea y muy sutil como base para construir el drama. Para evitar la literatura neurótica de su tiempo y superar al mismo tiempo las vanguardias, Murdoch apostó por recuperar la novela estructurada en escenas y diálogos. Su gran aporte y renovación fue, en realidad, llevar la acción y movimiento del escenario teatral a las páginas. Para ello bebió sin pudor de las obras de Shakespeare y sus mitos.

Iris, que no descansaba «más de media hora entre finalizar un libro e iniciar otro», fue una autora muy productiva. Entre 1968 y 1972 publicó más de diez novelas, todas ellas consideradas perfectas y de una calidad altísima, como El sueño de Bruno, El caballero negro, Henry y Cato, Una derrota bastante honorable y también su obra cumbre, una de las novelas inglesas más importantes del pasado siglo: El mar, el mar, redescubierta este verano como un fenómeno literario viral.

En los textos de Murdoch pueden verse fácilmente repeticiones de personajes y acciones, de motivaciones y de problemas. Ella habla sin pudor de individuos de las modernas democracias liberales sin una moral concreta y enfermos de amor, todos ellos sometidos a experiencias extremas. A ellos, como a la autora, se les escapa el sentido de la vida entre preguntas capitales. Todo ello contribuye a que sea una escritora no de personajes icónicos, pero sí de enredos rocambolescos y memorables.

Sin cesar ninguna de sus actividades durante su vida, Murdoch alcanzó los 75 años dando conferencias en todo el mundo. Durante una de ellas, en 1994, se quedó en blanco ante una pregunta del público. Solo pudo balbucear. El alzhéimer silencioso acababa de llegar, incesante desde entonces. Murió rápido y oculta por la demencia, olvidada fugazmente. "La vida tiene una irritante manera de seguir a tropezones", confesó en una entrevista tiempo atrás. Puede que ahora, ya sin velo ante los ojos, podamos ver el renacer de Iris Murdoch.

Memoria y sirenas bajo la red
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