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viernes. 02.12.2022
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Bajamar en Vigo

Tengo una amiga que es escritora. Y una buena escritora.
Aroa Moreno
Aroa Moreno

Yo conocí a Aroa Moreno Durán hace aproximadamente catorce años, en Madrid, en un taller de relatos de la que un gaditano y yo éramos los miembros virtuales, desde la lejana periferia. De aquel taller no saqué demasiadas cosas en limpio literariamente hablando, pero conocí Malasaña ya para siempre e hice amigos que aún lo siguen siendo —aunque alguno, desgraciadamente, se haya ido—. Uno de ellos fue Aroa, en cuyo bonito piso de Noviciado llegué a quedarme un par de veces, en viajes profesionales a la capital que acababan siendo visitas a un mundo distinto al mío, más apresurado, más amplio, más diverso y, en algunos sentidos, de aire más fresco.

Ella era, ya entonces, poeta. Publicó hace tiempo Veinte años sin lápices nuevos (Alumbre) y, hace menos, Jet lag (Baile del Sol). Pero se ve que aprovechó mejor que yo aquel taller literario que nos reunía en el sótano de La Pródiga, en Espíritu Santo 36, porque en 2017 ganó con su primera novela, La hija del comunista (Caballo de Troya), el Premio El Ojo Crítico de Narrativa, que no es cualquier cosa. Tampoco es cualquier cosa ese libro, que me encantó, y en el que se veía que su autora es narradora, sí, pero con una querencia clara a otro discurso muy visual, muy intuitivo, muy —lo siento, Aroíña— poético.

El otro día vino a Vigo a presentar su última novela, La bajamar (Random House). Y yo fui a verla, cruzando primero el Morrazo y Rande después, hasta el Museo de Arte Contemporáneo. Compré otro ejemplar, para que me lo pudiese dedicar, la escuché a ella y, dado que por suerte no le tenían planes preparados, fuimos a cenar los dos. Precisamente en el bar Eligio, donde el difunto Domingo Villar hacía ir a su detective Leo Caldas.

De nuestra conversación no les voy a contar nada, aparte de que fue un placer, por el reencuentro y porque tuvimos la oportunidad de hablar, a solas, más que nunca. Pero sí de La bajamar, que acabo de terminar esta semana: es una gran historia, muy bien escrita. Pero también es una lectura dura, oscura, que por momentos deja mal cuerpo y da pocas oportunidades de alegrarse por las protagonistas de las vidas que se cuentan.

Aroa tiene lo que un escritor debe: la capacidad de hablar sobre lo que importa

Decir que Aroa escribe bien, que La bajamar está muy bien escrita, es, además de cierto, fundamental. Porque no hablamos de un ensayo de psicología o un tratado filosófico o una crónica, sino de Literatura, de arte, y al arte se llega a través de una forma. Por eso hay que escribir bien y bonito para ser escritora, y no basta con tener algo interesante que contar. Dicen que un paso clave e imprescindible en la carrera de cualquiera que pretenda serlo es encontrar el estilo, el tono, el modo de decir propios: su propia voz. Y yo creo que Aroa Moreno la tiene desde hace mucho; que ya en aquellos relatos de una carilla leídos los miércoles de noche se reconocía. Y ahora, sin duda. Aroa escribe bien, bonito, y escribe como escribe ella, de una forma sutil, algo impresionista, un poco poética.

Pero, además, y aunque no sea psicóloga, ni psiquiatra ni filósofa, Aroa tiene lo que un escritor debe: la capacidad de hablar sobre lo que importa. O, mejor dicho, la capacidad de verlo, de darse cuenta —siempre, darse cuenta—, y luego contarlo. De identificar la llaga y meter el dedo. Y aquí lo mete bastante.

"Por qué a ninguna noche he llegado lo suficientemente liviana para haberme sentado siquiera a los pies de la cama y decirle: cómo te encuentras, quieres un vaso de agua, de qué podemos hablar. Se acabó la senda que ella abría delante de mí": ve lo que hacemos y lo que no, se da cuenta de lo que nos ocurre y de lo que eso supone, de lo que significa, y nos lo pone delante para que nosotros lo entendamos también. Es también nuestra llaga.

En La bajamar, Aroa Moreno cuenta una historia dura pero pertinente, en la que suceden cosas importantes. Cuenta unas vidas, un trozo de la vida. Incluso, por lejos que estemos de allí y de aquel momento, una parte de la nuestra, que recordaremos y no nos dejará ya nunca igual.

Y eso, ver nuestra vida de otro modo, entender algo más, es lo que nos da la literatura. Y eso es lo que nos dan las buenas escritoras. Que aun encima, a veces, son amigas.

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