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Delincuente nato

LA AGRESIÓN sexual y muerte violenta de la joven Laura Luelmo por el asesino confeso Bernardo Montoya, que había pasado 22 de sus 50 años en prisión, condenado por asesinato y robos con violencia, pone en evidencia el difícil diagnóstico de un delincuente, aficionado a las drogas, reincidente, con caracteres sicopáticos e insensible e indiferente a los crímenes que comete que, además, reconoce y confiesa con extraordinaria frialdad.

Ante esa clase de delincuentes cobra actualidad la realidad de que, así como no hay enfermedades sino enfermos, tampoco hay delitos sino delincuentes. No existe delito sin delincuente. Esta realidad, que en la actualidad se aborda por la sicología criminal, conduce a reivindicar el carácter personal de las penas y su individualización, máxime si se pretende que sirvan para la rehabilitación o reinserción social del delincuente, todo ello, con el objetivo de humanizar las penas.

Al fin anterior se refiere el artículo 15 de la Constitución, según el cual, "nadie puede ser sometido a tortura, ni a penas o tratos inhumanos o degradantes" y el artículo 25.2 de la misma Carta Magna subraya que "las personas privadas de libertad y las medidas de seguridad estarán orientadas hacia la reeducación y reinserción social y no podrán consistir en trabajos forzados".

Ni la cárcel debe ser "cementerio de vivos", ni los reclusos "cadáveres que la sociedad entierra de pie". Tampoco podemos conformarnos con la frase de Concepción Arenal, "odia el delito y compadece al delincuente", pues este comportamiento es injusto con las víctimas, con sus familias y con la sociedad en su conjunto.

Con independencia de las razones en pro o en contra de la prisión permanente revisables es insensato no reconocer la inutilidad de muchas penas para conseguir, por su aplicación mecánica y automática, la reinserción social del reo, especialmente, cuando se trata de delitos sexuales o robos con homicidio.

El caso del asesino Bernardo Montoya, que le dice a la jueza "no me dejéis salir de la cárcel porque lo volveré a hacer" es altamente significativo y estremecedor. Él mismo pide el ingreso y permanencia en prisión, para no reincidir en lo que reconoce que es superior a sus deseos y voluntad.

Es cierto que la tesis de Cesare Lombroso sobre el "delincuente nato", que lo definió como "un ser atávico con fondo epiléptico, idéntico al loco moral" no gozó del suficiente reconocimiento científico; pero sí logró que el foco de atención de la criminología se dirigiese al criminal y no sólo al crimen, pues éste no existe sin aquel. De ahí, el avance de la sicología criminal, dentro del campo de la bioantropología de la delincuencia.

A partir de Lombroso, los penalistas se preocupan de distinguir ‘crimen’ y ‘criminal’ y de prestar tanta o más atención a éste que al primero, pues como dice Jiménez de Asúa, "el delito es un acto que presupone la existencia de un ser dotado de voluntad que lo ejecuta".

Esa nueva orientación consiste no sólo en preocuparse del crimen y de sus circunstancias, sino también y muy principalmente, del criminal mismo, su personalidad, su sicología y taras mentales.

Delincuente nato
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