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Cicerón y Santa Claus

Pasando a limpio el futuro libro de mi padre sobre Cunqueiro, me entero de que una vez, en 1960, escribió una Crónica urgente para El Progreso en la que contaba que la primavera había llegado prematuramente, y que él lo había notado en su huerto, en el que habían florecido unas clavellinas

UNA CRÓNICA urgente, fíjense bien: eso resume por qué a algunos la obra de Álvaro Cunqueiro les parece frívola y a otros, en cambio, nos parece, además de maravillosa, importante y necesaria.

Hoy ha sido mi primer día en Madrid tras las Navidades, y en toda la jornada he consumido menos calorías que en cualquier desayuno, por ejemplo, de las vacaciones. Ha sido una locura incesante de comida y bebida. Que sé que es malo, pero también un placer. Y me gusta sobre todo como señal, como indicador y síntoma de nuestros días en Ferrol, en los que, si no quedábamos con familia o amigos, nos los encontrábamos por la calle. Por eso no se puede ir con los cascos puestos. Creo que alguna vez lo he intentado y en cada manzana de la calle Real tenía que quitármelos dos o tres veces. Aquí en Madrid, en cambio, son una buena compañía: las distancias son más largas y no hay prácticamente ninguna posibilidad de tener una charla inesperada. Claro que, tanto en uno como en otro sitio, los auriculares tienen una utilidad innegable: por fin puede uno ir hablando solo por la calle, tranquilamente, sin parecer un loco; incluso aunque gesticule. Solo hay que tener la precaución, si se nos acerca alguien a saludarnos, de fingir que nos despedimos y colgamos.

Precisamente, los Reyes Magos les han traído cascos inalámbricos a los niños. Además de un millón de cosas más. Lo cual afirmo sin remordimiento alguno, porque en casa somos de regalar desaforadamente. De Reyes y de regalar desaforadamente, sin la menor concesión a la mesura ni a la racionalidad. Por eso a mí los que son más de Papá Noel nunca… nunca me cayeron muy bien. Creerse que maximizar la utilidad tiene más peso que la ilusión de dejar lo mejor para el final, a mí siempre me pareció muy triste. Como si regalar o que te regalen fuesen cuestión de cálculos.

La tarta mindoniense es muy rica, pero su densidad es solo comparable a la del osmio y a la de las lembas, el pan élfico del camino

Y este año, aun encima, a la felicidad y el subidón de abrir y ver abrir paquetes se le sumó la alegría que le dimos a mi padre al regalarle entre todos un escritorio. Para que por fin tenga un despacho, aunque no sea decimonónico sino sueco. Para que siga escribiendo sobre Cunqueiro o para que se siente a comer la tarta de Mondoñedo que también le trajeron los Reyes, que por algo son sabios. Aunque le va a llevar tiempo, porque la tarta mindoniense es muy rica, pero su densidad es solo comparable a la del osmio y a la de las lembas, el pan élfico del camino: tomé un trozo minúsculo de postre y me hartó como medio roscón; que también tomé: ya digo que la ingesta calórica vivió estos días un momento de auge. Por eso, supongo, el regreso al gimnasio, un mes después, ha sido traumático y dramático. Con pájara incluida al acabar.

Y, hablando de pájaros, decía Marco Tulio Cicerón que quien tiene una biblioteca y un jardín lo tiene todo. Seguro que Cunqueiro lo suscribiría, y añadiría que en el jardín conviene que haya una fuente, para oír el agua correr. No parece mal plan. Imagínense estar tumbado debajo de un árbol o una parra que deje pasar un poco de sol, leyendo, y colocar el libro sobre el pecho para escuchar un regato o el ruido lejano de las olas, hasta caer en un sueño lo suficientemente ligero como para darse cuenta de que se está durmiendo, para seguir oyendo el agua y los pájaros, para seguir notando el sol en la cara.

Pero Cicerón también aseguró que el mayor enemigo de la razón era el placer. Qué barbaridad. Seguro que era más de regalar en Papá Noel.

Cicerón y Santa Claus
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